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Día 20. La Línea Mareth: la última carta del Afrika Korps. Hoy vamos ha conjugar la historia de la Segunda Guerra Mundial con una travesía de todo terreno de exploración siguiendo los vestigios que hace 60 años fueron uno de los escenarios protagonistas de la Guerra del Desierto. La Línea Mareth es una línea de defensa construida por los franceses que tras los avatares de la guerra fue utilizada por los alemanes contra los Aliados. Aún para quien no le guste la historia bélica la travesía reúne suficientes alicientes todoterreneros como para disfrutar de un gran día. Salgo de Matmata, del hotel “Biar el Berber” en dirección a la costa, hacia Gabes. Es la manera más rápida de descender de las montañas de Matmata. A medio camino me desvío hacia Mareth. Primero voy al museo de la Línea Mareth. Visita obligada para todo aquel que quiera comprender que fue lo que sucedió en este lugar. Es más, es la explicación del final de la Guerra del Desierto, los años 1942 y 1943. Tras ver dioramas, maquetas, paneles, armas y uniformes, un video hace que pasemos de imaginarnos que aconteció a verlo como si retrocediésemos en el tiempo. Después en el exterior del museo nos mostrarán un antiaéreo y unas casamatas o búnkeres como los que iremos visitando a lo largo de la ruta. Dejo el museo, que es muy pedagógico e imparcial, cosa de agradecer, y parto hacia el mar. Para ver si realmente la Línea es tan inexpugnable como parece, voy a ser por un tiempo, un vehículo ligero del SAS británico, de las famosas “Ratas del Desierto” del 8º Ejercito inglés. Discurro por la vertiente sur de la Línea hasta el mar. Llegando hasta una marisma. Desde la misma orilla arenosa de la playa surge un rosario de fortificaciones que discurre por la orilla norte del río Zagzou. Este oued es en sí mismo una barrera natural para el avance de las tropas de combate. Solo puedo vadear el río cuando el agua de éste desaparece. Entonces paso a la “orilla alemana” y llego al primer bunker que cuenta también con el emplazamiento de un gran cañón. Otra vez en arena, pero esta vez de playa. Fotografiando y coordenando cada una de los elementos de la arquitectura bélica llego al cuartel general de Rommel en la primera montaña que domina la llanura de Mareth. Trepo con el “Escorpión” hasta la cima del monte para descubrir un vasto horizonte y las trincheras de lo que era el puesto de vigilancia más elevado de la zona. Aún pueden observarse restos de los emplazamientos de la artillería antiaérea. Desciendo cresteando este monte para llegar a la edificación que acogió al mando alemán en esta parte de África. Hoy es conocido como el Cuartel General de Rommel. Como está anocheciendo prefiero seguir avanzando en la ruta hasta Ksar Hallouf, al otro lado de las montañas, y volver mañana para fotografiar con mejor luz y más tiempo. Visito tres puntos más de interés en los que se pueden observar: búnkeres, trincheras, depósitos, zanjas anti-carro, nidos de ametralladoras o puestos de observación y comunicaciones. Ya de noche retorno a Matmata.
Día 21. Buscando el norte. Me levanto pronto para terminar lo que no pude concluir con luz el día anterior. Me dirijo directamente a la cima del monte del Cuartel General de Rommel. Una vez hechas las imágenes desciendo hasta el propio Puesto de Mando. Allí equipado con la cámara de fotos y de video montadas en sendos trípodes me dispongo a entrar en la espartana y aseptizada de identidad. Tras hacer algunas imágenes de video, veo que el trípode con la cámara de fotos se mueve queriéndose caer. En un arranque de reflejos, me giro para sujetarlo. Una vez estabilizado, estamos hablando de un trípode, sigo filmando. Me vuelvo a girar para ver como la cámara de fotos digital se estrella contra el suelo. Saltan las tapas de las baterías y de la tarjeta de memoria. El impacto ha sido tremendo. Aún sorprendido veo los daños de la cámara que ha pegado con la óptica contra las piedras. No funciona. La cámara con la que había hecho todo el reportaje se había estrellado contra el suelo. Tras limpiarla, intenté por todos los medios volverla a encender. Después de un tiempo desistí en reanimarla. Llevo también mi equipo Nikon profesional en película diapositiva, pero ya estaba acostumbrado a los beneficios de la digital. ¿Qué pudo hacer que una cámara montada en un trípode segundos después de fijarla, sin tocarla nadie, se precipitase al suelo de esa manera? No lo sé, pero parecía como si alguien o algo me quisiese decir que dejase las cosas como están y que no reviva una triste y dramática página de la historia contemporánea. Me alejé de allí tras hacer unos planos de video. Como tenía imágenes diapositivas y waypoints de hace tres años, me alejé apesadumbrado. Me había quedado sin cámara digital. Es sabido que son menos robustas y más delicadas que las tradicionales, pero la primera caída que había sufrido la había inutilizado. Me había quedado sin cámara para enviar imágenes por e-mail. Maldiciendo mi suerte abandono Mareth camino de Gabes y Sfax. Poco antes de llegar a Sfax, toco playa en Mahrés. Un bonito lugar con abundantes esculturas de artistas tunecinos que salpican el paseo marítimo. Instintivamente me dispongo a coger la cámara digital. La cojo con la misma confianza de quien intenta encender el interruptor de la luz sabiendo que la bombilla está fundida. Le pulso al interruptor y... funciona! Como si nada le hubiese ocurrido. Las muescas de las piedras en la carcasa de plástico son la única evidencia del incidente. Tengo que llamar a Fox Malder y a Dana Scully para que me lo aclaren.
Tras dar una caminata por el paseo marítimo y observar las obras de arte monto en el “Escorpión” buscando el norte. La primera gran ciudad con la que me encuentro es Sfax, una bulliciosa ciudad rodeada por una imponente muralla que guarda la medina. Está muy bien comunicada. Por mar hay ferry a las islas Kerkenah y por tierra parten de su municipio 5 vías hacia todo el país. Dos discurren por el litoral, una hacia norte, otra al noroeste y otra al oeste. De este abanico de vías tomo la del norte que me llevará a El Jem. En esta ciudad llegaré hasta su corazón que cuenta con el mayor coliseo después del de Roma. Por un instante parece que me he trasladado de continente y vuelvo a mis 15 años cuando ya sin mis padres descubrí Italia. Una de las más hermosas y monumentales joyas de Roma se encuentra en suelo Cartaginés pese a que Cartago le retó en las dos Guerras Púnicas. Resulta paradójico pasear a la sombra del gran coliseo en África.
El destino de mi día estaría en Túnez capital y tras este agradable y placentero periplo por el laberíntico El Jem me dispongo a volver al camino del norte. 50 kilómetros más y estoy en una buena autopista que me dejará en la puerta del hotel África.
Día 22. Paseando por la historia. El día de Túnez lo dedico de un modo muy relajado a visitar las maravillas que esta ciudad cosmopolita guarda. Ya había conquistado los 6 objetivos y estaba en la capital desde donde partirá el ferry dentro de dos días. Es decir, salvo infortunio: misión cumplida. Restaban los 900 Km de Marsella a Bilbao, pero después de lo hecho eso parecía poca cosa. Los deberes estaban hechos por lo que este día de recreo lo utilizo para conocer mejor la capital. Primero es centro urbano, tan occidental como cualquiera de nuestras ciudades. Luego la medina, el verdadero corazón del mercado con su bullicioso y colorista comercio. La ciudad administrativa, compuesta por modernos y bellos edificios de los ministerios e instituciones gubernamentales, nos dan una idea de su potencial económico. Hay un gran museo de obligatoria visita. El museo de El Bardo en la localidad del mismo nombre está en el Gran Túnez. Este museo es el que mayor número y mejores mosaicos romanos acoge en el mundo. Aunque no te gusten los museos, una visita, aunque sea de una hora, hay que reservar para verlo. El museo esta dividido en plantas y secciones y todas ellas son de gran interés. El arte y la paciencia que los artesanos tenían para realizar estas obras parece infinitas. Túnez es una gran ciudad pero la joya del mediterráneo que fue faro del mundo cartaginés está un poco más al nordeste por la costa. Mi acceso preferido por facilidad viaria y concepto geográfico para llegar a Cartago es ir hacia el puerto y el pueblo de La Goulette y luego hacia el norte por la costa. De este modo llegamos en coche como si lo hiciésemos en barco costeando el litoral. Pronto encontraremos otro tipo de ciudad. Una nueva urbanización de casas de poca altura con de jardines nos rodea. En sus calles encontraremos letreros que nos van orientando hacia los puntos de interés de complejo arqueológico que constituye Cartago. Los puertos púnicos, las termas de Antonino, los templos fenicios, el teatro y otros elementos que nos va llevando hasta la misma pared del Palacio Presidencial fuertemente custodiado y más ahora que estamos en elecciones. Si seguimos por la costa llegaremos a Sidi Bou Said. Este bello pueblecito retratado en todos los folletos turísticos con sus puertas y ventanas azules contrastando con las fachadas de un blanco inmaculado es una de los lugares con encanto que no deberemos dejar de visitar cuando estemos en la capital. Cuando el manto rojizo del ocaso cubre Sidi Bou Said este se llena de poesía. Un último te en un café del boulevard y de nuevo al gran hotel Africa para cenar y disfrutar de Túnez “la nuit”.
Día 23. Ruta por Cap Bon. Como no puedo estarme quieto ya he planeado una travesía por Cap Bon para ocupar el día previo a partida para Marsella. Cap Bon es casi una pequeña península que como un barco varado se adentra en el Mare Nostrum. Este gran cabo tiene muchas curiosidades dignas de ser contempladas. En Korbous encontraremos una fuente termal a la orilla del mar que los lugareños utilizan para bañarse en el mar con agua caliente. También tiene propiedades curativas. Una campiña como la inglesa nos sorprenderá hasta llegar a su extremo. Allí, en El Haouaria, veremos un moderno parque eólico que contrasta con una tradición ancestral como es la cetrería. Este lugar es famoso mundialmente por las competiciones de cetrería que se celebran en su playa de piedras. Además de ver desde ella las islas de Zembra y Zembretta, como no, tenemos otra cita con la historia. Aquí fue donde rindió el General Kesenring el África Korps a las tropas aliadas y donde los fenicios tenían 3.000 esclavos negros para extraer piedra para sus construcciones. Recordemos que tanto los fenicios como los romanos sobre suelo tunecino realizaron infinidad de construcciones de todo tipo y tamaño y la materia prima salía de unas curiosas cuevas piramidales en las que los esclavos a golpe de martillo y sudor iban esculpiendo los bloques de piedra. Miles de toneladas de mármol partían desde aquí a los confines del territorio cartaginés. Es también interesante la panorámica que se observa desde la cima del Ghar El Kebir. Estamos a 393 metros sobre el nivel del mar, nunca mejor dicho. Los que tengan vértigo no disfrutarán de un magnífico panorama desde una atalaya excepcional que más parece una vista alpina que una marítima.
Rodeando el cabo llegamos a Kelibia un pueblo turístico y marinero que está coronado por un gran castillo. La vista de la marina que se contempla desde un cafetín que hay en los alrededores del castillo es de foto. El periplo lo termino en Korba, pero puede llegarse hasta Nabeul o el famoso Hammamet si es que no se conocen ya. A partir de aquí se abandona la costa y tenemos la opción de carretera y autopista según la prisa que tengamos para volver a la capital. Una vez en el África los últimos preparativos para el retorno, limpiar los equipos, ordenar la información, clasificar las imágenes de foto y video, estibar bien los bultos en el “Escorpión”, hacer limpieza general y adecuar todo ya para conducir por asfalto y sin sobresaltos. La última noche en Túnez y la última noche en el hotel África supone un emocionado recuerdo de todas las experiencias vividas con intensidad y que jamás se olvidarán ni de la memoria ni del corazón.
A la mañana siguiente el protocolo de despedirse de la conserjería del hotel, cargar el depósito de combustible “sans plomb”, poner a Anastacia y partir hacia el puerto. Una vez allí, esperando al embarque recibo la agradable visita del señor Bholi, que como cuando llegué se preocupaba porque mi estancia hubiese sido lo más placentera posible. Después de estar con él, llegan poco a poco en pequeños grupos, Joan Casas y sus compañeros que con el Club Tot Pols han pasado dos semanas en Libia. El encuentro es fraternal y las preguntas se solapan de uno a otro para saber de las dificultades que cada uno ha superado. Después de este ansiado momento; embarcar el coche, 23 horas de barco y de alegría con los “infernales” llegamos a Marsella. Me despido de todo el grupo de “libios” y pongo rumbo a Narbone, Carcassone, Toulouse, Bayone, San Sebastián y por fin Bilbao. A las 9 de la noche llego a casa con la satisfacción de haber cumplido lo que había sido un desafío, un reto y ahora es ya una gesta.
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