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Día 16. Hacía el Gran Sur. El día no comienza bien. Tras desayunar y salir a la calle, como es sábado estoy esperando la llamada de la radio para salir en antena. Mientras paseo por la acera enfrente del pequeño Hotel, alrededor del coche, se acerca un Peugeot pickup, color crema, que va al mercado con cuatro personas en la parte delantera. Estando en la acera junto a mi coche, el conductor se acerca para aparcar a la americana. Se acerca, se acerca, se acerca tanto... que me pega!!!! Me roza lateral de copi con lateral de copi. No le había hecho yo una muesca al Cherokee y viene una furgoneta con overbooking y me roza el aletín trasero, el retro y la puntera del parachoques. Esto a las 8 de la mañana, 9 en Bilbao y esperando la llamada de los estudios de Radio Popular. Levanto la voz y gesticulo, como hacen ellos, para que vean que el incidente me importa y me indigna. De no ser así, no le dan importancia y cada uno sigue su camino. ¡Nada, nada a sacar papeles!. ¡ El seguro!. ¿Estará asegurado el buen hombre?. Eso espero. Hay suerte y además de seguro tiene permiso de conducir. Estos Tunecinos son muy organizados. Aún recuerdo hace dos meses que en una situación similar en Bilbao, el “agresor” empezó con excusas del seguro y al final... si te he visto, no me acuerdo. Aquí, no. El señor me dio todos sus datos, del seguro y del coche con total cordialidad. Solventado el incidente, llamada de Iñaki Astigarraga para entrar en antena. Tras esto recoger el dichoso permiso especial en el Sindicato de Actividades Turísticas de Tatauine de la mano de Alí Bechir que nos da 10 copias para entregar en todos los puestos de control militar que encontraré a mi paso. La oficina está en la misma acera que mi coche muy cerca del Hotel. Recojo las autorizaciones, le doy las gracias y tras dos días de retraso; a por el Gran Sur. La empresa no es fácil. De entrada me dicen que no hay gasolina sin plomo más al sur de allí. Es decir 400 Km de bajada otros 400 de subida y eso sin contar la arena con la que voy a encontrarme. Es decir necesito 4 jerricans de reserva para volver y eso con suerte. Bueno, también me dicen que podré encontrar “essence” que es la normal sin plomo en el Borj El Khadra, pero según mi mecánico de cabecera, Lucky de Dakar Auto, podré echar un único deposito sin que le pase nada al catalizador. Con lo que a priori si llego... podré volver, pero es muy arriesgado puesto que el consumo en arena se dispara en un coche de 4.000 cc. Y nadie me confirma con seguridad el servicio de carburante. Con lo que tras los preparativos propios de esta dramática etapa emprendo la marcha rumbo 180 grados. La travesía es dura, más que dura; durísima, más que durísima; titánica. La soledad es absoluta. Ya sé que estoy solo, pero cuando dejo atrás Remada no hay nada, ni nadie. Kilómetros y kilómetros de pista unas veces transitable y otras más sobre una “tolé ondulé” infernal. Kambout, Borj Bouguiba, Borj Jenein, Bir Zat o Tiaret no son pueblos como tal. Son puestos militares. Es decir después de una kilometrada, parar, presentar las autorizaciones, el pasaporte, explicar ante la incomprensión generalizada que viajo solo, sin grupo y seguir sin más el camino. Esto aunque tedioso es imprescindible. Si hubiese ocurrido algo que yo debiese saber, en el siguiente puesto sería informado. Y en el mismo sentido, si pasa el tiempo y no llego al puesto siguiente sabrían en que segmento del itinerario me encuentro. Los tunecinos están muy organizados y los militares lo llevan a rajatabla. Cuando llego a Tiaret, ya de noche, no me dejan continuar por lo que tengo que pasar allí la noche al retirarme el pasaporte. Como no hay mal que por bien no venga descubro un gran hallazgo: cama y “sans plom”. Es decir, estoy salvado. Buena ducha y la certeza de que a la mañana saldré con el deposito lleno. Todo un alivio.
Día 17. Objetivo: Borj El Khadra. El día anterior fue infernal. Mucho trabajo y mucho sufrimiento con decenas de kilómetros de “tolé ondulé” y de dunas que inundaban la pista. Los casi 300 kilómetros de todo terreno habían pasado factura: el depósito en un cuarto, la batería salpicando de ácido el vano motor y el escape roto. Esto para empezar puesto que se habían soltado hasta los tornillos de la matrícula. Pero allí nada se podía hacer. Recomponer en medida de lo posible el desastre y confiar en volver al mismo punto en el mejor estado posible. Desde aquí a Borj El Khadra 200 km y volver. Con un depósito debería de valer. Una etapa de 400 kilómetros con escala en el punto más meridional de Túnez. Nunca había estado allí y no tenía mucha información de lo que encontraría. Hasta llegar allí, la misma agonía del día anterior solo amenizada por los bellos panoramas de espacios abiertos que encontraba a mi paso. Localizaciones cinematográficas de escenarios lunares se alternaban con los de Lowrence de Arabia. La belleza que emanaba del paisaje era a la vez tan subyugante que de no tener una fortaleza mental especial haría que mi track, mi huella de gps, hace mucho que se hubiese quedado atrás. Yo tenía que llegar, como fuese tenía que llegar, era mi desafío y tenía que conquistarlo. El conseguir el punto oeste se auguraba más fácil que conseguir el punto sur. Cuando en el horizonte se avistaron unas altísimas antenas y mi inseparable amigo el GPS me decía que aquello sería Borj El Khadra una gran satisfacción me imbuía. Una vez más llegar a la barrera del control y cumplir con la liturgia de la explicación de mi misión. Dos sorpresas me depararía la jornada. Una un bello lago rodeado de altas dunas en la que la vegetación lacustre y la avifauna parecían no corresponder con su posición en la cartografía. La otra el Café de Bhou donde los más prestigiosos y aventurados todo terreneros habían llegado y estampado su firma o fijado su adhesivo en las paredes de esta meca de “raiders” africanos. Una coca medio fría y una vuelta por el poblado que tiene escuela y en el que di a los niños de Bhou una docena de latas de comida en conserva. Como estamos en ramadán hasta el ocaso no las probarán. La foto de rigor, con el permiso de las autoridades militares y vuelta, que hay que llegar antes de que anochezca. El retorno vuelve a ponernos en la realidad de llegar con la máquina a Tiaret. Es la primera vez en toda la Vuelta que camino sobre mis pasos, pero la pista así me lo exige. Un largo camino de vuelta en el que más ligeros de equipaje y con la voluntad reforzada en culminar la singladura me lleva de nuevo a Tiaret. Tiaret es como la casilla del parchís en la que no te pueden comer y puedes quedarte el tiempo que quieras. Una escala reparadora para olvidar el desgaste de haber hecho en un día la distancia de Bilbao a Madrid pero haciendo todo terreno, sin autopista. Antes de las 5:30 ya está el coche cargado, revisado y lleno su depósito de combustible. La música de Anastacia para darme el empuje de arranque y avanti. Paso por el control militar y retorno hasta después de Bir Zar por mis roderas. Más de lo mismo. Entre la maldición de la “tolé ondulé” y el anhelo de que el coche aguante. La verdad es que no hago nada más que recordar las frases que Mon me dijo “... ese coche te va a traer. Otro no sé. Pero ese Cherokee te trae. Es una máquina.”. Dios te oiga, pensaba yo. Después del puesto militar de Bir Zar tomo la pista hacia el oeste pegado a la frontera Libia. De noche llego a Lorzot. Como el cansancio de los más 500 Km y 14 horas de conducción se apoderan de mí, a un kilómetro del cruce bueno que enfila hacia Denhiba paro, como algo y a dormir dentro del coche. Yo llevo una cama plegable para extender sobre las dos ruedas de repuesto y poder dormir en el coche. Pero compre en el mercado del pueblo entre Le Kef y Kasserine, un colchón de esos que usan aquí forrados para dormir. Así a recordar la aciaga noche del Chott. A los pocos minutos ya estaba en los acogedores brazos de Morfeo.
Día 18. El último waypoint. Al amanecer, las 6 de la mañana aproximadamente hora local, toca revisar el coche, recomponer todo un poco y continuar ruta. Por estribor llevo siempre la frontera con Libia. No es de preocupar. Únicamente si salgo de Túnez y ven que entro por otra pista tendría que dar muchas explicaciones. Si me pillan los libios otro tanto de lo mismo. Desde el último puesto de control hasta Denhiba la pista está arreglada por los militares y es una gozada transitar por una pista rápida y abandonar el traqueteo de las piedras. Llego a Denhiba y voy al cuartel. De allí me mandan a otro que es un castillo en la cima de un otero que domina la población. Malas noticias. El famoso “permiso especial de tránsito por el Sahara” (ahora ya se como se puede venir con él desde casa), no vale para la parte este de Túnez ya que Alí Bechir lo había solicitado volviendo a Tatauine. Bueno, se vuelve a solicitar un tercer permiso para circular en solitario. El comandante del Denhiba lo deniega. Argumenta que la frontera no está definida, que a 10 metros de la pista se entra en Libia y que no se responsabiliza de lo que pueda pasarme. Le digo que nadie se ha responsabilizado de mí hasta ahora e insiste en que eso ha sido dentro de Túnez. Con Libia la cosa cambia. Tras la imposibilidad de seguir por la pista de la frontera, vuelvo a Remada. Ya he perdido buena parte de la mañana y aprovecho para cambiar la batería que está redonda como un balón. La nueva es africana. ¿Qué quiero decir? Que tiene un una “L” que se aplica a un orificio y que hace de respiradero, de chimenea y evita que con las altas temperaturas la batería hierva y se convierta en una olla a presión. Desde Remada quiero ir por una pista más al interior hacia Ksar Retbet pero no aparecen pistas en mi cartografía por lo que deberé llegar por asfalto a mi último objetivo. Paso por Ben Guerdane hacia la frontera con Libia en Rass Ajdir. Ben Guerdane es la Andorra tunecina y todo está más barato en esta ciudad fronteriza. Llego a Ras Ajdir, hablo con la policía de la frontera y me dicen que me vaya de allí. Después de otros 2 controles policiales para llegar a la frontera me echan. Retrocedo, saliendo del paso fronterizo, hasta el hito que marca que a 1 Km está la frontera. Había estado a tan sólo 500 metros de Libia. Pero no pudo ser. Hecha la foto voy a Matmata. Es de noche ya, pero como estoy fresco decido seguir hasta Douz, 100 Km más, para dormir la noche que me quedaba en El Mouradi, hacer unas dunas donde Longo y comprar los recuerdos del viaje en la tienda que tiene en la plaza del mercado mi amigo Nourdine.
Día 19. Los trogloditas y las galaxias. Empiezo la mañana con unos largos en la piscina cubierta del hotel y una relajante sesión en el hammam o sauna. Así, como nuevo y en Douz, la puerta del desierto, realizo una serie de actividades que había aplazado por la exigencia técnica de la dura empresa que tenía entre manos. Ahora un poco más relajado, con los objetivos cumplidos, queda más sosiego para disfrutar de mi estancia en el este maravilloso país y para hacer de la fotografía un placer y no un notario de mi desafío. Al medio día parto hacía Matmata. Conocida mundialmente por sus viviendas excavadas en la tierra. Unas veces de modo horizontal como si de una de nuestras bodegas de vino se tratase y otras de modo vertical como si fuese un hormiguero. La verdad que puede asemejarse a un hormiguero ya que 3.000 personas viven en el subsuelo. Además de ser una peculiaridad universal, la ha hecho aún más famosa la película de la Guerra de la Galaxias que George Lucas utilizó como escenario de un bar planetario en el que se daban cita todo tipo de criaturas de todas las galaxias. También el entorno agreste y montañoso ayuda a hacer de Matmata un lugar que uno no puede dejar de visitar si se encuentra en Túnez. Yo además de la obligada visita turística utilizo Matmata como cuartel general para mis actividades basadas en aumentar mi conocimiento en el Deutches Afrika Korps o cuerpo de ejercito alemán que bajo el mando de uno de los mejores estrategas de la historia, el Mariscal de Campo Edwin Rommel, tuvo cerca de aquí uno de los capítulos más importantes de su existencia. Es curioso que la historia haya dado a Túnez este privilegio de inteligencia bélica. Otro de los grandes estrategas de la historia universal fue Aníbal. Con 5 años marchó con su padre Asdrúbal y sus hermanos, lo que se llamó la camada del león, a la Hispania Cartaginesa. De ahí a poner a la toda poderosa Roma de rodillas solo hubo que dejar discurrir a la historia. Transcurrió su periplo volviendo a Cartago donde le dieron la espalda al final de sus campañas como le ocurrió a Rommel. Ambos tuvieron que superar su escasez de recursos, de tropas y de suministros con grandes alardes de inteligencia y astucia. El final de los dos también fue similar. Aníbal en el destierro y puesto precio a su cabeza. Y la cabeza de Rommel, que tras oponerse a Hitler, debió elegir entre la vida de su familia o la suya propia. Optó por la ampolla de cianuro. Así terminó con dignidad uno de los militares de carrera más prestigiosos del ejercito alemán por oponerse las directrices de Hitler. Si Rommel en lugar de estar en el bando de las fuerzas del Eje hubiese estado en el de los aliados, habría más películas sobre él que de Patton, Caster o Mc Arthur juntos. Le han hecho más justicia los ejércitos ingleses que supieron lo que era combatir contra él, que la máquina de propaganda americana. Todo esto viene a que hay una línea defensiva desde el mar a la montaña que se llama la Línea Mareth, también llamada la línea Maginot del desierto. La descripción de la travesía de esta línea pespunteada de búnkeres y casamatas será el contenido de un capitulo en sí mismo.
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